Vivimos en la cima del progreso humano a lo largo de la historia tanto a nivel mundial como español: la esperanza y calidad de vida de la gente, el acceso a la sanidad y la educación, la extensión de la libertad económica y política, el nivel de riqueza, el declive de la pobreza, etcétera, configuran el mejor mundo que hayamos conocido y que puede seguir progresando; pese a lo cual el pesimismo intelectual que niega la realidad sigue teniendo prestigio. ¿Cómo ha sido posible este éxito? La principal razón son los valores y principios que articulan nuestra civilización occidental, que sin embargo no dejan de cuestionarse por quienes se niegan a aceptar la realidad desde el populismo de moda.

Los seres humanos, tanto si actúan a título personal como institucional, a la hora de decidir en el ámbito económico lo hacen condicionados por sus valores éticos y morales. Desde los filósofos griegos a los teólogos cristianos, la civilización occidental -patria cultural del crecimiento económico- siempre se ha caracterizado por «filosofar» acerca de la licitud moral de las decisiones económicas.

Los padres escolásticos españoles de nuestro Siglo de Oro, Francisco de Vitoria, Tomás de Mercado, Martín de Azpilicueta, Domingo Soto, Juan de Mariana, Luis de Molina, etcétera, además de sentar las bases doctrinales de la ciencia económica -siglo y medio antes que Adam Smith- resolvieron magistralmente problemas de índole moral que afectaban a la economía: el precio justo, el interés del dinero, el salario mínimo, la propiedad privada, los beneficios, los impuestos…

Desde la Ilustración escocesa -con David Hume a la cabeza- a modernos estudios empíricos sobre la materia son innumerables los ensayos acerca de la relación causal entre los usos y costumbres morales y el éxito económico, y en todos ellos se verifica una correlación positiva. Adam Smith, autor del más emblemático libro de economía que se ha escrito, «La riqueza de las naciones», era catedrático de Filosofía Moral y su primer y más querido libro lo tituló «La teoría de los sentimientos morales».

Por si no fuera suficiente con las investigaciones académicas, basta haber viajado para observar que los países más ricos parecen y suelen ser más virtuosos que los pobres.

En los últimos años han proliferado estudios históricos orientados a explicar los motivos del éxito económico de Occidente frente al resto del mundo, con una gran coincidencia argumental: el marco institucional y los valores éticos y morales de la sociedad. El premio Nobel Douglass North, con su «The Rise of the Western World» y el historiador de la tecnología Nathan Rosenberg con su «How West Grew Rich» son dos buenos -entre muchos otros- ejemplos de esta visión de la historia.

Francis Fukuyama, en su obra «Trust», investiga la extraordinaria importancia de la confianza, que describe como la virtud social que determina la prosperidad económica. En su vasto análisis histórico, el autor llega a una determinante conclusión: la confianza es una virtud esencialmente occidental cuyo variable ejercicio social se encuentra correlacionado con la prosperidad económica.

El premio Nobel James M. Buchanan nos dejó escrito en su «Ética y progreso económico» que las restricciones éticas o morales del comportamiento humano ejercen importantes efectos económicos, añadiendo que «la ética del trabajo y la ética del ahorro no están de moda, por lo que muchas actitudes y hábitos modernos pueden ser una causa de la caída de las tasas de crecimiento de la productividad».

Viene al caso todo lo dicho para poner de relieve el desorden moral -no sólo político- populista que invade a una buena parte de la sociedad de ética y valores antagónicos con el progreso de Occidente, y por tanto de España, que ponen en cuestión nuestros mejores logros. He aquí unos cuantos: la sustitución de la responsabilidad personal por la dependencia del Estado; la imposición de la igualdad frente a la libertad; la política como invención de derechos sin fin; la obstaculización de la función empresarial; la infravaloración del esfuerzo, el mérito, la jerarquía del saber y la disciplina en las aulas; la subversión de principios fundacionales de nuestra civilización como el cuestionamiento de la patria potestad; la falta de respeto a la ley con la excusa de una fraudulenta utilización de la democracia; la aplicación de la ideología de género frente a la ciencia biológica; la postverdad como suprema subversión ética; el adanismo reinventor de la historia frente al respeto y aprecio crítico de la misma; la gratuita invención de palabras y hasta de ríos; el desprecio del contraste empírico de las hipótesis, etcétera.

El futuro de Occidente y por tanto de España dependerá del resultado de una nueva batalla ideológica tras el fracaso del comunismo y los excesos socialistas: entre los principios éticos y valores que constituyen la civilización occidental y su descomposición por la quinta columna populista mediante una nueva guerra fría ideológica, que está en nuestras manos volver a ganar.

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