Desde hace tiempo una miríada de ensayos históricos vienen desvelando unánimemente las razones que hicieron posible la civilización occidental y su manifiesta superioridad sobre las orientales en términos de progreso económico y social.

La diversidad cultural y la libre competencia en los mercados son los ejes de nuestra exitosa civilización, a veces interrumpida por episodios políticos totalitarios que resultaron felizmente vencidos por la historia. Para el historiador Karl Jaspers*, entre las principales características de nuestra civilización, señala: su gran diversidad geográfica; su libertad política;  su racionalidad –pensamiento lógico y realidad empírica- expresada con una claridad y una fuerza únicas; el conocimiento del mundo en su realidad –no se puede saltar por encima de ella- que incluye el fracaso; su inestabilidad que deja margen a las excepciones y a lo nuevo; su inquietud e insatisfacción que no permiten contentarse con algo perfecto y acabado, todo se pone en cuestión, porque en ninguna parte está el lugar absoluto.

Viene al caso esta digresión con motivo de la posible próxima aprobación por la Asamblea de Madrid  de una Ley del Espacio Madrileño de Educación Superior (LEMES) cuyo proyecto parece redactado por declarados enemigos de nuestra Civilización, ya que punto por punto su texto desmiente todos los descritos rasgos que la caracterizan.

Recientemente en una conferencia en Madrid el prestigioso catedrático de la Universidad de Pennsylvania Jesús Fernández Villaverde, tras realizar un vasto y profundo análisis de nuestro mundo de hoy a escala global, europea, española y madrileña señalaba que Madrid debería apostar por convertirse en  la tercera megápolis europea y asociaba dicho ambicioso pero realizable objetivo con otro paralelo: ser sede de una de las mejores universidades del mundo. Aunque no parece que nadie del gobierno regional asistiera a tan relevante visión del futuro de nuestra comunidad, debieron adivinar el pensamiento de su autor sacando a la luz de inmediato un proyecto educativo que como el tristemente famoso “Santiago y cierra España” da la espalda por completo a tan noble empeño, al que cierra todas las puertas, con objeto de garantizar de por vida nuestro mediocre y decadente status quo universitario.

El progreso de las naciones a lo largo de la historia  está asociado a la libre competencia en los mercados, de ahí el fracaso histórico de países que como China hasta hace muy poco vivió de espaldas a lo nuevo; sólo cuando se abrió a la innovación comenzó a prosperar. El mantenimiento del status quo y por tanto el cuestionamiento de lo nuevo es la manera más segura de evitar el progreso humano: aunque quieran ignorarlo en el gobierno de la comunidad de Madrid, el liderazgo sempiterno y la sin par prosperidad de EE.UU. se basa en la continua renovación de sus sectores económicos en los que la libre entrada y salida de empresas garantiza su incuestionable liderazgo mundial.

En la Comunidad de Madrid pretenden con su LEMES que los burócratas y los responsables de las universidades ya instaladas determinen si un nuevo proyecto universitario puede ser autorizado; es decir, los directos responsables de la mediocridad universitaria madrileña, pueden prohibir que una universidad de élite mundial  seducida por las ideas del profesor Fernández Villaverde pueda instalarse en Madrid. Sería algo así cómo el refrán “del maestro Ciruela que no sabía leer y puso una escuela”.

Si las absurdas condiciones de la LEMES se aplicaran a los demás sectores de la vida económica –abolición de la libre entrada en los mercados- la decadencia y la miseria se adueñarían de nuestra región, como siempre sucedió con la economías autárquicas –la española tras nuestra guerra civil, por ejemplo- sin libre competencia dirigidas por políticos al efecto. Por cierto, la LEMES resucita el periclitado corporativismo falangista de los tristes años cuarenta del pasado siglo.

En el proyecto de la LEMES se justifican las limitaciones a la libre entrada en el mercado –que incluye el veto corporativo de los “incumbentes”- por exigencias de calidad. ¿Es imaginable que una nueva empresa de telecomunicaciones, un nuevo medio de comunicación, una nueva fábrica de coches, un bar, etc tuviera que depender para su puesta en marcha de la autorización de las empresas de su sector previamente instaladas? La libre entrada en los mercados implica que los entrantes puedan tener éxito, pero también fracasar; según decidan los consumidores, no las autoridades que para beneficiar a unos pocos terminan perjudicando a todos los demás que siempre son muchos más.

Llama la atención que los directos responsables de la mala calidad de la enseñanza universitaria madrileña  pretendan dar ejemplo a los demás: incluidas las mejores universidades del mundo. ¿No deberían ocuparse de mejorar la calidad de sus instituciones antes de querer dar lecciones a los demás? ¿Serían capaces los burócratas madrileños junto con los responsables de las mediocres universidades madrileñas de examinar la idoneidad de un proyecto de inversión universitario presentado por universidades como Chicago, Harvard, Princeton, MIT, Stanford, …?

Puesto que la matrícula en cualquier nueva universidad en ningún caso sería obligatoria, debe ser el libre albedrio de los interesados –es decir, el mercado- el que determine su éxito que dependerá de su calidad educativa; justamente lo que ha sucedido con las prestigiosas escuelas de negocios españolas, que si hubiesen tenido que someterse a una LESME, hoy no existirían.

Si los partidos políticos que conforman la Asamblea de Madrid consuman el atropello anunciado –una especie de “Madrid y cierra España…a la competencia universitaria”–  la historia acabará por declararles culpables de haber desaprovechado la oportunidad de que Madrid algún día pudiera ocupar un distinguido lugar en el mapa  mundial de la educación universitaria.

* ORIGEN Y META DE LA HISTORIA, Karl Jaspers. Ed. Acantilado

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