Estamos viviendo en España, aunque a algunos –asombrosamente– les pese y  pongan pegas, un ciclo de crecimiento económico sin igual por la consistencia y armonía de los factores que lo engendran. España se ha convertido, así, en una referencia para los países más avanzados, que no hace mucho no se fiaban –y con razón– de nosotros.

El consistente crecimiento económico y del empleo que estamos disfrutando, presenta sin embargo dos debilidades a largo plazo: el enorme peso de nuestra deuda pública, mayormente exterior, y su posible continuidad en el tiempo.

De los dos factores, el segundo es el más importante, pues el primero depende de éste. Solo si seguimos creciendo y los tipos de interés no suben sustancialmente, España podrá ir haciendo frente a su deuda y quizás las nuevas generaciones no se verán arruinadas con ella.

La historia de la riqueza de las naciones pone de manifiesto que las mas ricas no lo son tanto por sus elevadas tasas de crecimiento como por los escasos y cortos episodios de crisis –decrecimiento– que han padecido. Un ejemplo reciente lo pone de manifiesto: la crisis económica que asoló a una gran parte de la economía occidental afectó muy desigualmente a los países: la mayoría, con EE.UU. a la cabeza, salieron de la depresión en poco tiempo para volverá crecer de inmediato, mientras que en el extremo opuesto otros, con España e Italia  a la cabeza, tardaron casi una década en recuperar su previa riqueza. La correlación inversa del crecimiento de la economía y de la deuda pública en la última crisis es muy robusta*.

España recuperará este año la renta per cápita de hace una década, por lo que seremos –para siempre- entre un 20 y un 40% menos ricos –en relación con los países que se recuperaron enseguida- que si hubiésemos padecido una crisis mucho más corta. Es lógico, por tanto, que los desempleados de la crisis y en especial los jóvenes, se hayan quejado tanto en los últimos años. De haber durado menos la crisis España habría estado muy cerca de alcanzar el  nivel de renta per cápita de los grandes países europeos y el populismo político no habría logrado el protagonismo que ha llegado a tener.

Mientras disfrutamos del actual ciclo de crecimiento habría que preguntarse, responder y actuar en consecuencia acerca de su prolongación a largo plazo, para de este modo evitar nuevos largos y profundos episodios de crisis y alcanzar una meta con la que todos los españoles deberían estar de acuerdo: el pleno empleo con remuneraciones cada vez más convergentes con las de los países más ricos.

¿Y como se puede conseguir dicho objetivo?: afrontando dos serios problemas que están muy presentes y enquistados en nuestro sistema económico.

El primero tiene relación con los “enemigos de la economía” que el premio Nóbel (2006) Edmundo Phelps  tan  bien ha identificado y analizado en su último libro Mass Flourissing**: el socialismo y el corporativismo.

Los socialistas y populistas españoles no parecen tener otro programa económico que dar marcha atrás a las reformas –muy modestas- estructurales que han apalancado –según todos los expertos- nuestro vigoroso crecimiento, que ellos atribuyen a “los vientos de cola” mundiales que curiosamente sólo afectarían –siendo mundiales- a España y  no  a los demás países europeos.

El otro enemigo de la economía es el corporativismo que –según Phelps–: “Habiendo sido inicialmente concebido y desarrollado en Alemania, se basó en el liderazgo inversor del Estado, la paz y solidaridad industrial y la responsabilidad social. Mussolini, Hitler, Franco,  Salazar y de Gaulle fueron los más significativos gobernantes corporativistas europeos, sistema que también se aplicó en Brasil y Japón”.

“El descrito corporativismo se fue desvaneciendo para emerger otro nuevo tipo, el actual, caracterizado por: el poder de las grandes corporaciones, lobistas, sindicatos….que demonizan el individualismo y la competencia como indeseables e inhumanos”.

Un vigente ejemplo del anacrónico corporativismo español son los convenios laborales sectoriales que asumiendo condiciones de trabajo –remuneración, horarios, clasificación de puestos de trabajo,….- del pasado histórico no solo se proyectan obligatoriamente hacia el futuro sino que además se imponen a todas la empresas, incluidas las entrantes en el sector. Tales sectores sobreviven porque son ajenos a la competencia internacional, que no podrían soportar, lo que si consigue con mucho éxito mundial el sector del automóvil gracias, precisamente, a la descentralización de su negociación colectiva; circunstancia que se repite en otro pujante sector abierto con éxito al exterior, el agroalimentario.

El segundo problema está asociado a la enorme cantidad de obstáculos que encuentran las nuevas empresas innovadoras para abrirse paso en España, tanto en el ámbito de los servicios como en el industrial y muy en particular en el de la innovación tecnológica; amén de los desincentivos financieros, fiscales, administrativos y laborales al crecimiento del tamaño empresarial. ¿Y qué decir del sistemático y asombroso retraso de los pagos de las grandes empresas a las PYME, que los gobiernos de turno siguen tolerando?

El progreso a largo plazo de la economía española –y de cualquier economía**– dependerá de las nuevas empresas innovadoras, y sin embargo la política económica vigente está mas volcada a preservar los viejos y a veces periclitados sectores que a facilitar la vida de aquellas.

En tiempos de bonanza económica un Parlamento responsable debería estar discutiendo de lo que de verdad importa a todos: eliminar las subvenciones, subsidios y reglas de juego que benefician al nuevo corporativismo y facilitar la vida a la nueva economía innovadora liberando así la enorme energía potencial que atesora para soportar un crecimiento a largo plazo sano y sostenible: por tanto creador del empleo de calidad tan justamente ansiado por los españoles como despreciado por la política……de todos lo partidos.

*Banegas, Jesús (2016): MÁS ALLÁ DE LO CONSEGUIDO. Ed. Bubok (página 71 de la 2ª edición, 2017).

**Phelps, Edmund(2013): MASS FLOURISHING. Princeton University Press.

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