Venimos padeciendo en España un fracasado sistema educativo progresista que mediante la rebaja o eliminación de los controles y pruebas de esfuerzo, está consiguiendo que los niños y adolescentes pasen por su periodo formativo sin sufrir “traumas” como los suspensos o la repetición de cursos, o todavía peor la exteriorización de las desigualdades naturales ya que es contrario a que los mejores, sea cual sea su extracción social, puedan sobresalir y progresar.

Por otra parte, como en la educación básica y media no se establecen los filtros pertinentes, el problema se traslada a la Universidad, que ya está sufriendo la llegada a sus aulas de alumnos muy cercanos al analfabetismo funcional.

Ha sido noticia estos días un pacto sobre la educación entre los partidos políticos que consagra un supremo disparate: obtener el título de la ESO con asignaturas sin aprobar. Los partidos implicados deben creer que un pacto –tal es su absurdo crédito social– por definición es bueno, incluso si es para empeorar las cosas.

Hace poco supimos que en Andalucía su Consejería de Educación, contra el criterio del centro educativo, resolvió aprobar con un 2 a un alumno por “su madurez y progresión”. Hemos visto también manifestaciones de padres y docentes oponiéndose a los deberes y las reválidas y es frecuente que los medios de comunicación recojan argumentos coincidentes firmados por los máximos responsables de nuestro vigente –y fracasado– modelo educativo, que en vez de estar arrepentidos de nuestra mala educación se manifiestan en contra de las evaluaciones del nivel de conocimiento de los alumnos porque ello llevaría a incrementar la competencia entre ellos; como si competir en conocimientos no permitiera compartirlos! La tesis central de estos pedagogos –que dicen saber cómo se enseña lo que ellos no saben– es que la función principal de la educación es la igualdad social y no el aprendizaje.

El abandono escolar no se va a paliar haciendo rebajas, sino justamente lo contrario: inculcando desde pequeños el hábito de trabajo y el de hacer las tareas escolares todos los días, se esté motivado o no.

Una buena –es decir, rigurosa– educación moral y de contenidos es la mejor esperanza para un pleno desarrollo humano, económico y social, como atestigua el sentido común y los resultados obtenidos por las naciones a lo largo de la historia; algo que da vergüenza tener que recordar.

Nuestro actual nivel de paro está asociado con trabajadores de muy bajo nivel educativo, carentes por tanto de capacidades profesionales útiles al mercado de trabajo. El desempleo es a su vez el primer determinante del nivel de desigualdad económica de cualquier país. La gran paradoja del sistema educativo español es que estando orientado a la igualdad social termina cosechando justamente lo contrario, la segregación de los peor educados y una consecuente mayor desigualdad.

La igualdad por decreto impide que los hijos de las familias mas desfavorecidas que son inteligentes y trabajadores puedan desarrollar sus capacidades: en nuestro sistema se hubieran perdido Gauss, Kant, Copérnico….y tantos otros sabios procedentes de familias humildes.

La educación, en las sociedades abiertas, es el mejor y más legítimo ascensor social que existe; pero para ello es necesario que el sistema esté concebido para permitir que los mejores destaquen y no lo contrario. La pasión por aprender debiera ser el primer valor inculcado en las familias y luego desarrollado en la escuela.

Lamentablemente, un significativo número de padres defiende, incluso con violencia, que sus hijos no deban pasar pruebas, tal vez pensando que en la vida adulta tampoco las van a tener que pasar; lo que ya se observa en las generaciones de los “milenials” desconcertados precisamente por el descubrimiento de que la ultraprotección paternal no alcanza al mundo laboral.

Los padres, los docentes y los políticos que están en contra del rigor educativo están condenando a una buena parte de la población a una especie de “apartheid” que les restará oportunidades de realización profesional y personal que sólo están al alcance de quienes han sido educados en un sistema exigente; es decir, como la vida misma.

Los miembros de este “apartheid” tienden –necesariamente- luego a lo largo de su vida a perder el sentido de la responsabilidad personal y por tanto su libertad individual haciéndose cada vez más dependientes del Estado; justamente la pretensión última de los ideólogos progresistas.

Aunque los defensores de esta nueva versión del “buen salvaje” rousseauniano pudieran ser mayoría, la educación, como cuestión crucial para el futuro de nuestro país debe ser debatida con “luz y taquígrafos” en vez de tratada mediante componendas de los partidos políticos.

En España es hora de afrontar la educación como en Suecia, que después de cosechar un fracaso equivalente al nuestro, hace tiempo que está reorientando su sistema para imitar las buenas prácticas de Finlandia, el único país europeo que disputa a Asia –Singapur, Corea del Sur y Taiwan– el liderazgo educativo mundial.

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