La productividad es el eje sobre el que gira la economía. A mayor productividad mayor crecimiento económico y sobre todo mayor renta per cápita.

Todos los economistas, tanto liberales como socialistas, están de acuerdo en propiciar una elevada productividad y también altas tasas de crecimiento de la misma; no tanto en como se consigue.

Pero ¿en qué consiste la productividad?: lisa y llanamente en dividir lo que venden – después de restar las compras- las empresas entre su número de trabajadores o por horas trabajadas. Las empresas más productivas son, por tanto, aquellas que tienen mayores ventas netas por trabajador.

Los países mas ricos, indefectiblemente, gozan de mayor productividad que los pobres ya que en términos agregados el valor en el mercado de su producción per cápita es mucho más alta y consecuentemente sus salarios.

Y ¿por qué es más alto el valor de la producción de los países ricos que el de los pobres?: porque así lo quiere el mercado, es decir, la agregación de preferencias de consumo de los ciudadanos.

El valor de mercado de la producción en contra de la tradición clásica –desde Adam Smith a Carlos Marx, pasando por David Ricardo- que sigue –absurdamente- vigente en la enseñanza de la economía no es la suma de costes de la producción sino el valor subjetivo que los consumidores asignan a los productos y servicios que demandan en el mercado.

Para disgusto de los marxistas y economistas devotos de la tradición clásica -el precio, para ellos, es una mera suma de costes siendo el factor trabajo el más importante – la realidad en un mercado libre es otra: la gente valora subjetivamente lo que va a comprar, con independencia de su coste de producción, y decide en consecuencia.

La teoría del valor subjetivo del precio fue perspicazmente descubierta y muy sólidamente argumentada por los padres escolásticos españoles fundadores en torno a la universidad de Salamanca, allá por principios del siglo XVII, de la teoría económica.

La teoría del valor subjetivo explica que los productos y servicios de Apple se vendan libremente en el mercado a un precio enormemente superior a sus costes de producción* y que los bares malvivan vendiendo productos y servicios baratos a precios muy próximos a sus costes de producción, incluidos sus bajos salarios. Claro que también hay bares que merced a la innovación de su oferta llegan a estar de moda y venden mucho mas caros sus servicios. Ni que decir tiene que Apple y los bares de moda pueden pagar mayores salarios –porque el valor subjetivo de lo que ofrecen es mas alto- que los negocios menos innovadores, es decir, más vulgares y por tanto menos valiosos para la gente.

Llegados a este punto resulta evidente que los países más ricos son aquellos cuya producción alcanza mayor valor subjetivo y por tanto pueden pagar mayores salarios e impuestos amén de obtener beneficios para seguir invirtiendo en innovación: todo un círculo virtuoso que está detrás de los países de mayor éxito económico.

El caso de Singapur es un ejemplo paradigmático de país que gracias a su inteligente política económica ha sabido captar en todo momento los más elevados y cambiantes valores subjetivos del mercado para hacerlos realidad. Singapur vio la luz el mismo año que la Cuba castrista y hoy figura en cabeza de la riqueza y la libertad económica, mientras que Cuba está en la cola.

El consenso doctrinal sobre la importancia de la productividad incluye el supuesto de que la innovación –no sólo tecnológica- es el alma de su crecimiento y que por tanto todo aquello que la facilite mejora la prosperidad social.

Y ¿cómo se consigue que prospere la innovación?: facilitando que la creatividad personal dentro –“Enterpreneurship”- de las empresas y fuera de ellas –“Startup´s”- se desarrolle plenamente, lo que exige libertad de emprendimiento, ausencia de obstáculos a la función empresarial y un marco institucional favorable a lo nuevo.

La creatividad empresarial no es necesariamente tecnológica. El éxito tanto de Apple como de Zara se basa en nuevas visiones acerca de lo que la gente pudiera desear para hacerlo posible mediante aplicaciones inteligentes de tecnologías disponibles con una etiqueta común: productos innovadores distintos a los existentes e inigualables, al menos subjetivamente.

Obviamente la innovación tecnológica y particularmente la disruptiva –tipo Intel, Microsoft, Qualcom, Google,etc…- son la quintaesencia de saltos adelante en la productividad de la economía toda, pero solo explican parcialmente el crecimiento económico.

Un factor esencial –que en España cobra una enorme importancia- para la proliferación de la innovación y del consecuente crecimiento de la productividad y de la renta per cápita son las barreras de entrada en los mercados. Los países mas libres de obstáculos a la entrada de nuevas ideas y empresas en los mercados disfrutan de mas prosperidad –mas empleo y mayores salarios- que los menos libres. Tres ejemplos lo ilustran en España: los convenios colectivos sectoriales, la división territorial del mercado y la política industrial.

Los convenios colectivos sectoriales establecen iguales condiciones de trabajo a todos los empleados de un sector. Como la tradición y la legislación –en contra del sentido común y el interés general- establecen que tanto los salarios y condiciones de trabajo solo pueden mejorar –incluso si el valor subjetivo del mercado decae- las empresas que quieren entrar en un sector tienen que asumir los costes laborales de las empresas existentes –ahora llamadas incumbentes-, toda una barrera de entrada a la innovación.

Como felizmente no todos los sectores padecen en España tamaña rémora, encontramos ejemplos justamente de lo contrario, como es el caso de la industria del automóvil. En este sector cada empresa tiene su propio convenio colectivo y gracias a ello y la inteligencia de sus sindicatos ganan cuota de producción europea porque se adaptan mejor a lo nuevo que otros países con convenios sectoriales y sindicatos menos flexibles y adaptativos.

¿Porqué los horarios, las tareas laborales y los salarios de una nueva empresa tienen que asumir las condiciones de las viejas, si hacerlo les condena a no existir? ¿Por qué en EE.UU. los ranking de las empresas mas importantes cambian mucho más que en Europa o en España?: porque no existen barreras a lo nuevo y su mercado interior carece de fronteras, no está fragmentado y empequeñecido como en la UE y en España.

¿Por qué en España es imposible entrar en el mercado de la producción de vino salvo que el nuevo empresario se someta a la humillación de comprar una tierra con derechos de producción? ¿Por qué en España se trata de evitar UBER? ¿Prohibiremos también los coches sin conductor?

Es de sentido común y además esta doctrinalmente más que demostrado que en una economía abierta y globalizada la única política económica que tiene sentido es la que facilita la emergencia de las nuevas tecnologías, innovaciones y empresas. En España prevalecen sin embargo políticas muy costosas que favorecen los más viejos y periclitados sectores de la economía, mientras que todo lo nuevo encuentra dificultades por doquier para abrirse paso.

Los países mas ricos, porque gozan de mayor productividad, son los más libres y los más pobres los mas intervenidos. Dada esta muy probada y consistente correlación entre libertad y creación de riqueza, llama la atención que una especie de pensamiento mágico ajeno a la realidad siga dominando a una gran parte de la sociedad, que devota del Estado, no acaba de querer entender que la riqueza la crea la función empresarial y que esta sólo es factible en ausencia de restricciones a la libertad.

Sólo a partir de la riqueza creada por los empresarios junto con sus trabajadores es posible generar impuestos para financiar el Estado que solo debe gastar –para facilitar la creación de riqueza-lo que ingrese, incluso ahorrar, como han hecho siempre todos los seres humanos –de todas la ideologías- a lo largo de la historia.

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*Apple, el mayor éxito histórico del valor subjetivo del precio, deja en ridículo la teoría del valor trabajo para conformar el precio: sus beneficios netos anuales por empleado se sitúan en torno al medio millón de dólares, es decir –probablemente- quintuplican sus costes laborales

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