A finales de los años 70 del pasado siglo, la mayor parte de los países de Iberoamérica disfrutaban -es un decir- de tarifas planas en telecomunicaciones, de modo que los usuarios pagaban un precio fijo con independencia del uso. Este modo de prestar el servicio, sólo telefónico entonces, se vio -lógicamente- acompañado del colapso de las redes. En algunos países, un buen número de usuarios cuando conseguían comunicarse con otros -fundamentalmente, los familiares más próximos- ya no colgaban el teléfono en todo el día; así evitaban el bloqueo de una nueva comunicación.

Ante tan ineficiente como absurdo modo de explotación de las redes, una empresa española -Telettra Española- descubrió una oportunidad de negocio y desarrolló una muy ingeniosa solución tecnológica que, por un coste muy barato, posibilitaba la tarificación por tiempo y distancia. El éxito comercial enseguida sonrió a la nueva tecnología de suerte que, en poco tiempo, varios países afectados la adoptaron y los resultados no pudieron ser mejores: las redes se desbloquearon, los usuarios pudieron utilizarlas sin obstáculos, los ingresos de los operadores aumentaron y las inversiones se regularizaron, de modo que la sostenibilidad del modelo de explotación de los servicios de las telecomunicaciones quedó garantizado.

Mucho ha llovido -tecnológicamente, se entiende- desde entonces, hasta el punto de que con la emergencia de la tecnología IP que permite empaquetar información de cualquier tipo en forma digital se produjo un regreso al pasado: las tarifas planas se pusieron de moda de nuevo, y fundamentalmente para crear certidumbre en los abonados –de acuerdo a los esquemas tarifarios vigentes-. Su razón tecnológica de ser vino de la mano de la conmutación de paquetes de información que sustituyó la de circuitos individualizados. Frente a la vieja telecomunicación basada en la individualización física -circuitos electrónicos- de la comunicación, la nueva -de carácter lógica- asigna estadísticamente el tráfico. La nueva tecnología, que permitió un ingente ascenso de la difusión de información por las redes, tiene planteado a medio plazo un importante desafío: dado el crecimiento irrevocable y exponencial -por la emergencia del video- del tráfico, ¿con qué criterio deben asignarse los recursos de red disponibles? ¿Deben pagar igual por el servicio quienes lo utilizan muchísimo que quienes apenas lo utilizan?

La teoría económica tiene resuelta desde hace siglos la resolución de este dilema: la mejor manera de asignar recursos escasos en presencia de usos alternativos la proporcionan los precios en un mercado libre.

Las telecomunicaciones hace ya tiempo que se han convertido en un mercado en competencia, en el que la entrada y la salida del mismo es voluntaria y libre. En España, el número -siempre variable- de operadores es suficientemente grande como para que los usuarios puedan elegir; y si añadimos a ello la proliferación de ofertas y promociones de todo tipo que existen en el mercado, las posibilidades de elegir servicios y precios son enormes.

Después de todo lo dicho, carece de sentido plantearse un escenario de tarifa plana -¿también única?- para todo. Disfrutemos de las enormes posibilidades que la nuevas tecnologías y el mercado nos proporcionan y la “santa libertad” de elegir; incluidas tarifas planas.

Jesús Banegas Núñez

Presidente de AETIC

3 de septiembre de 2010

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El Mundo

 

 

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