Feliz e irreversiblemente, la economía ha devenido global y, de este modo, ya no caben apuestas ni soluciones “carpetovetónicas” para que España pueda competir y prosperar con éxito.

Envuelto en una crisis que, aunque hay quienes siguen insistiendo en que es global, en realidad es muy particular —ya que la sufren menos de un 5% de los países del mundo, aquellos que, además de haberse sobreendeudado, no generan confianza en sus acreedores financieros—, nuestro país no tiene elección posible. Debe hacer tres cosas a la vez: limitar severamente los gastos públicos, restituir la solvencia y liquidez de nuestro sistema financiero y volver a crecer y crear empleo.

Dejaré a otros expertos la tarea de prescribir la resolución de los graves problemas financieros de nuestra economía, para adentrarme en lo que de verdad importa: el crecimiento, porque, sin él, no será posible restituir el funcionamiento sostenible de nuestras finanzas públicas y privadas.

Es incuestionable que, puesto que la inversión y el consumo internos no podrán impulsar -al menos durante algunos años- el crecimiento económico, la única posibilidad que tenemos es exportar e internacionalizar a nuestras empresas: todo un desafío y una gran oportunidad para nuestra economía.

Si en el año 2000 las exportaciones españolas representaban un 29% de nuestro PIB -frente a un 32,3% de Alemania-, en 2008 habían descendido a un 26,5%, frente a un 47,5% de dicho país. Por otra parte, la demanda mundial, sobre todo la asiática, sigue creciendo y generando enormes oportunidades que hasta ahora no hemos sabido -ni siquiera pretendido- aprovechar.

Competir en una economía abierta y globalizada exige empresas innovadoras, pues basar la exportación en costes salariales competitivos carece de sentido; para eso ya están los países en vías de desarrollo.

Y ¿qué podemos y debemos hacer al respecto? Básicamente:

  • Reformas estructurales que liberalicen los mercados -especialmente los de factores, y entre ellos, el laboral- y hagan más competitivas a nuestras empresas.
  • Políticas económicas que den prioridad absoluta, incluso presupuestaria, a la innovación y la exportación.
  • Reformas institucionales: educación, justicia, barreras al desempeño de la función empresarial, fiscalidad, etc., que posicionen a España como un país líder y atractivo para la inversión tecnológica e industrial nativa y extranjera.

Pocas veces en nuestra historia ha habido más consenso doctrinal y apoyo social a las reformas institucionales que deben hacer posible que España regrese a una senda de sostenido y sostenible crecimiento económico y del empleo. ¿Podrán los intereses creados de unos pocos -como sostenía Mancur Olson en su obra, ahora muy de moda, “The Logic of Collective Action”- imponerse al interés general de todo un país?

En materia laboral, es perentorio que nuestras empresas dispongan de al menos la misma o mejor flexibilidad que los países -Alemania, Dinamarca, Holanda,…- con los que competimos. ¿Cómo se explica el apego de España a unas obsoletas reglas de origen corporativo gestadas en un tiempo tan pretérito como poco democrático?

En cuanto a políticas relacionadas con el impulso de la presencia española en el exterior, es dramático constatar la sistemática caída durante los últimos años -¡e incluso en el actual!- del presupuesto del ICEX -nuestra eficaz agencia pública de apoyo a la exportación-, mientras que los recursos dedicados a la “cooperación internacional” no solo han venido creciendo, sino multiplicando -absurdamente- los dedicados a la internacionalización de nuestras empresas. ¿Cómo explicar las enormes -¡según la OCDE, entre las primeras del mundo¡- sumas de dinero público dedicado -incontroladamente- a un sinnúmero de ONG´s para los más peregrinos fines, mientras que el apoyo a la presencia exterior de nuestras empresas se reduce a extremos ridículos  que en el sector TIC, se ha dividido por tres en los últimos cuatro años?

Puesto que sin capital tecnológico e innovación no es posible competir en una economía globalizada, ¿tiene sentido que el esfuerzo presupuestario y la política económica den la espalada al sector TIC, quintaesencia de la competitividad de nuestra economía? La industria tecnológica española, la que debería impulsar la salida de la crisis, a diferencia de la de los países líderes, no encuentra en la política económica apoyo mínimamente suficiente para mirar con optimismo al futuro. Obsoletos intereses creados siguen dominando la acción política, como si quisieran permanecer en un pasado tan imposible como indeseable.

Después de todo lo dicho, sobra repensar nuestra economía: es la hora de actuar sin demora.

Jesús Banegas Núñez

Presidente AMETIC

6 febrero 2012

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El Nuevo Lunes

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