Agobiados por la crisis financiera, económica y de empleo cuyo fin no acabamos de avizorar, pendientes de afrontar las imperativas reformas que posibilitarían la recuperación del crecimiento y quizás de los puestos de trabajo, seguimos desinteresados por todo lo que realmente importa para recobrar la convergencia en renta per cápita —la verdadera riqueza— con los países líderes y su sostenimiento a largo plazo.

Agobiados por la crisis financiera, económica y de empleo cuyo fin no acabamos de avizorar, pendientes de afrontar las imperativas reformas que posibilitarían la recuperación del crecimiento y quizás del trabajo, seguimos desinteresados por todo lo que realmente importa para recobrar la convergencia en renta per cápita —la verdadera riqueza— con los países líderes y su sostenimiento a largo plazo.

No cabe pensar en un crecimiento económico sostenible de nuestra economía que no esté sustentado por la innovación y la exportación, ya que la demanda interior y las actividades de escaso y declinante nivel de productividad no podrán empujar la economía como en el pasado, además de que el déficit comercial, y sobre todo su financiación, serán cada vez menos soportables.

España necesita por tanto acrecentar sus exportaciones y, de este modo, crear puestos de trabajo mejor remunerados y rebajar nuestra deuda exterior. Para exportar necesitamos empresas competitivas, no por costes de producción, que serán necesariamente más baratos en los países menos desarrollados, sino por innovación tecnológica. Las empresas más innovadoras suelen estar muy equipadas tecnológicamente y disponen de plantillas de trabajadores altamente cualificados y en consecuencia, bien remunerados.

La economía globalizada que nos envuelve, caracterizada por la fragmentación de la producción en red, ofrece excelentes oportunidades a los países más perspicaces: aquellos que son capaces de especializarse a escala mundial, a través de sus empresas innovadoras de tamaño medio, en aquellos ámbitos en los que cuentan con ventajas competitivas de partida y sostenibles en el tiempo; algo con lo que contamos en España.

¿Y qué se está haciendo en nuestro país para favorecer a las empresas innovadoras y exportadoras? La respuesta no puede ser más desoladora: apenas nada.

Asistimos impertérritos y como alelados, cuando no con la mayor indiferencia, a hechos tan lamentables como: la persistente y ya crónica —¿hasta cuándo?— caída de vocaciones en nuestras escuelas de ingeniería, la insuficiencia de titulados medios, la creciente emigración de talentos científicos y profesionales, y la desatención a nuestras empresas innovadoras y exportadoras.

España dispone de excelentes —aunque no abundantes— profesionales tecnológicos y de empresas medianas y pequeñas innovadoras y exportadoras, que, en los tiempos que corren, deberían contar con la mayor simpatía y apoyo, pues de su suerte dependerá el mejor futuro posible de nuestro país.

Afligidas financieramente por las restricciones de los mercados, pero más aún por los más largos e injustificados plazos de pago entre los países de referencia y la morosidad de las administraciones públicas; ayunas de oportunidades de desarrollo de sus innovaciones —típicas de los países de vanguardia tecnológica— en el mercado nacional por ausencia de la complicidad —tácita y bien entendida— política y empresarial que hace grandes a las naciones, las empresas españolas que tendrían que soportar nuestro mejor futuro, lejos de poder lograrlo, sobreviven a duras penas.

Seguimos asistiendo, con reiterada y ya angustiosa frecuencia, a decisiones que minusvaloran y perjudican cuando no desprecian en nuestro país, sin motivos ni justificación lógica alguna; tecnologías y empresas que, sin embargo, logran fuera un reconocimiento y un trato digno de alabar si no fuera merecido.

En el sector TIC, donde existe un buen número de empresas innovadoras y exportadoras, nos encontramos absurdamente con un mercado interior que les resulta hostil cuando no imposible en ciertos casos. No es lo mismo exportar a la desesperada que hacerlo para proyectar fuera de nuestras fronteras los éxitos aquí cimentados.

Pero si inhóspito es nuestro país para facilitar la vida de nuestras empresas tecnológicas, estas adolecen de ambición y grandeza para, no solo crecer y tener éxito a escala doméstica, sino multiplicar su dimensión hasta alcanzar liderazgos a escala mundial. Sin embargo, algunas empresas españolas lo intentaron y lo han conseguido en los últimos tiempos; es decir, no es un imposible.

Según rezan reiterados estudios económicos recientes —por ejemplo, Innovation and the State, de Dan Breznitz— y dicta el sentido común, la globalización de la economía brinda oportunidades de liderazgo tecnológico basado en la innovación de alcance ecuménico: Israel, Corea, Taiwán o Finlandia son ilustrativos al respecto.

En España todavía estamos muy al principio, incluso contando con la muy acertada y voluntarista campaña emprendida por el ICEX con el lema “Spain: Technology for Life”, de la posible senda de una economía intensiva en innovación y exportadora de alto valor añadido. Necesitamos una política económica “ad hoc” que: facilite la vida de las empresas innovadoras y exportadoras, en vez de seguir auxiliando costosamente actividades económicas sin futuro; haga valer en nuestro propio país la tecnología nacional frente a otras ofertas extranjeras iguales o peores en las compras públicas y mercados regulados; y formule —de acuerdo con el sector— planes de desarrollo de mercados, tecnologías y exportación en los ámbitos en los que España pueda acreditar liderazgos de clase mundial.

En ciertos componentes electrónicos; en electrónica profesional para la TV, la defensa, el espacio, los transportes, la energía, etc.; en equipamientos para redes de fibra óptica; en soluciones TIC para las administraciones públicas como la seguridad, la educación, la sanidad, etc., España puede aspirar a liderar los mercados exteriores.

“Con la que está cayendo” no mereceremos perdón si seguimos sin hacer nada por la innovación y la exportación españolas, porque nada tenemos que perder y muchísimo que ganar.

Jesús Banegas Núñez

Presidente AMETIC

24 marzo 2011

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