En el reciente  libro de Javier Marías “Así empieza lo malo” se puede leer –págs: 54/55- lo siguiente: “casi recién terminada mi carrera…había tenido suerte de que a través de mis padres me llegara un empleo peculiar y transitorio… no gran cosa y sobre el que la mayoría de los jóvenes de entonces –años 70 del pasado siglo- suscribíamos lo que mi padre – ¿Julián Marías?- solía decir: No hay trabajo malo, mientras no haya otro mejor”. 

La cita no puede venir más a cuento aquí y ahora: España está creando empleo en términos muy halagüeños, después de la gravísima destrucción acontecida previamente, ya que su tasa de crecimiento –algo insólito en el pasado- supera la de la economía y lidera ampliamente la de la Unión Europea. Sin embargo tan buena noticia suele aparecer casi siempre asociada a la “precariedad” de las nuevas ocupaciones.

El concepto precariedad se supone acuñado porque las condiciones y remuneración de los trabajos no responden a las aspiraciones subjetivas de quienes los valoran, lo que plantea el desafío de formular cuales serían las condiciones –mágicas- de  estabilidad y remuneración que debieran tener, se supone que al margen de la realidad que impone el mercado del que todos, incluidos sobre todo los trabajadores y sus decisiones como consumidores, formamos parte.

Una de las fórmulas de trabajo mas precaria es el contrato a tiempo parcial, en España muy restringido en su regulación y sin embargo ampliamente utilizado en países como Holanda, Alemania, Reino Unido, Noruega, Suecia, Austria, Dinamarca, etc…;  es decir, los países más ricos, en los que el desempleo es extraordinariamente bajo y tales contratos los mas extendidos. En Holanda representan la mitad del mercado de trabajo y en los demás países citados en torno al 30%, mientras que en España apenas alcanzan un 15%. Sólo Grecia, Chipre y Portugal tienen menos trabajo temporal que España.

El vergonzoso alto nivel de desempleo español está relacionado estructuralmente por dos factores: el marco legal y el nivel educativo de la población. Nuestro marco legal procede de un tiempo perecido para siempre y el nivel educativo de los trabajadores se encuentra lastrado por los lamentables resultados  de nuestro sistema educativo y una irresponsable gestión de la formación ocupacional.

Estamos disfrutando un inusitado crecimiento del empleo gracias a una tímida pero bien orientada reforma del marco laboral, lo que debiera animar a seguir cambiando las cosas adoptando las mejores prácticas –de nuevo Holanda y Alemania- para proseguir el camino emprendido, para lo que la liberalización –al estilo holandés- del mercado de trabajo sería una fórmula de seguro éxito.

Frente a dicha propuesta, lo que observamos estos días son nuevas propuestas de subvención a los desempleados para hacerlos cada vez más dependientes de un Estado cada vez más exhausto financieramente –“fallido”, según manuel Conthe- en vez de ayudarles con formación y flexibilidad laboral. El cultivo de la dependencia del Estado desanima a nuestros trabajadores a ocuparse en cualquier trabajo…hasta que encuentre otro mejor.

Estamos construyendo una economía dual que nos aleja del núcleo de países que debieran ser nuestra permanente referencia para orientarnos a la periferia donde reinan los populismos políticos. Mientras que muchos jóvenes españoles estudian, se esfuerzan y se autofinancian sus estudios universitarios y de post-grado para encontrar buenos trabajos –también precarios en términos de una seguridad en el empleo que ha dejado de existir, pero bien remunerados- muchos otros más esperan sin esforzarse, ni estudiar, e incluso en muchos casos sin buscar trabajo con ahínco, que la subvención del  Estado les vaya resolviendo modesta y dependientemente su vida.

Los conocidos como “minijobs” en Alemania y los trabajos a tiempo parcial en Holanda –sometidos al código civil y liberados del paternalismo de la legislación laboral- han generado un verdadero pleno empleo  que jamás hemos alcanzado ni soñado en España. ¿Por qué no adoptar aquí las buenas prácticas de los países mas ricos y solidarios del mundo –la Europa del norte- en vez de seguir anclados en  anacronismos compartidos con Grecia, Chipre y Portugal?

 

Jesús Banegas

 

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