Ningún sector económico a lo largo de la historia ha rebajado más sus precios que las telecomunicaciones, y sin embargo todavía con cualquier motivo, que ahora es la tarifa plana para banda ancha, se vuelve a discutir sobre ellos

En una economía de mercado abierta a la competencia, no es la oferta la que dirige su rumbo y menos los costes de producción, sino la demanda. Los precios de mercado —es decir, el precio justo escolástico— se forman en función de las variadas y variables preferencias subjetivas de los consumidores

España goza de una de las legislaciones más avanzadas en cuanto a derechos por cambio de operador por parte de los usuarios, tanto desde el punto de vista de coste para éstos como de tiempos de implantación

Ningún sector económico a lo largo de la historia ha rebajado -junto con la electrónica- más sus precios que las telecomunicaciones, y sin embargo todavía con cualquier motivo, que ahora es la tarifa plana para banda ancha, se vuelve a discutir sobre ellos.

En rigor debiera prestarse más interés a otros sectores ayunos de competencia en el mercado y de innovación tecnológica y por tanto sistemáticamente más inflacionistas que el de las telecomunicaciones, pero puesto que el debate está abierto afróntese con racionalidad económica.

Para ello hay que recurrir a la teoría subjetiva del valor que hoy domina doctrinalmente la ciencia económica. Dicha teoría, originada en el siglo XV, fue recuperada y perfeccionada por Diego de Covarrubias en 1554 para pasar a formar parte del núcleo duro del pensamiento económico de los escolásticos, que como en esta misma revista se expuso a principios de año, mantiene plena vigencia teórica.

El mejor resumen que cabe hacer de la teoría escolástica en materia de precios podemos tomarlo del título de un emblemático libro: LA TEORÍA DEL PRECIO JUSTO, de Luis de Molina. Para nuestros padres escolásticos así como para la doctrina económica que rige el pensamiento económico de nuestros días, el precio justo es aquél que libremente acuerdan un comprador y un vendedor en ausencia de coacción o fraude.

Tal definición subjetiva de los precios resultó adulterada por Adam Smith —injustamente tildado de padre de la teoría económica, a la luz del análisis económico contemporáneo—, que introdujo un falso concepto de precio al asociarlo con los costes de producción y, en particular, al “valor del trabajo”. Tal falacia fue luego recogida por David Ricardo y, finalmente, por Carlos Marx, manteniendo una vigencia doctrinal durante varios siglos, hoy vencida por la fuerza de los hechos y las nuevas teorías económicas sustentadas en pruebas empíricas irrefutables.

En una economía de mercado abierta a la competencia, no es la oferta la que dirige su rumbo y menos los costes de producción, sino la demanda. Los precios de mercado —es decir, el precio justo escolástico— se forman en función de las variadas y variables preferencias subjetivas de los consumidores. Un subjetivismo muy rico de contenido, porque resulta influido por la abundancia o escasez, la utilidad percibida, la moda social y cambia en el espacio y el tiempo.

Llama la atención que el descubrimiento escolástico del valor de las cosas haya permanecido postergado tanto tiempo, y que aún hoy, se siga ignorando so pretexto de una homogeneización de precios en mercados abiertos a la competencia que viene a poner en cuestión la libre posibilidad de elegir de los consumidores en presencia de innumerables ofertas en el mercado.

En ausencia de coacción y fraude -algo absolutamente inexistente en el mercado de las telecomunicaciones- el precio justo es aquél que libremente eligen los consumidores; justo el que vienen pagando desde que felizmente se liberalizaron las telecomunicaciones.

Desde el punto de vista del nivel medio de precios, en España la variedad de ofertas y precios de los servicios de telecomunicaciones permitiría -si así fuera el gusto de los consumidores- un consumo mucho más barato que la media europea y también otro mucho más caro. Respétese, por tanto, la soberanía del consumidor y vélese por la libertad de entrada y de oferta en el mercado; la cuestión de elegir -lo mejor o lo peor- dejémosla al libre albedrio de la gente.

Atendiendo ahora la cuestión de la tarifa plana, quizás venga bien recordar que a finales de los años 70 del pasado siglo, la mayor parte de los países de Iberoamérica disfrutaban -es un decir- de tarifas planas en telecomunicaciones, de modo que los usuarios pagaban un precio fijo con independencia del uso. Este modo de prestar el servicio, sólo telefónico entonces, se vio -lógicamente- acompañado del colapso de las redes. En algunos países, un buen número de usuarios cuando conseguían comunicarse con otros -fundamentalmente, los familiares más próximos- ya no colgaban el teléfono en todo el día; así evitaban el bloqueo de una nueva comunicación.

Ante tan ineficiente como absurdo modo de explotación de las redes, en mi empresa de entonces -Telettra Española- descubrimos una oportunidad de negocio y desarrollamos una ingeniosa solución tecnológica que, por un coste muy barato, posibilitaba la tarificación por tiempo y distancia. El éxito comercial enseguida sonrió a la nueva tecnología de suerte que, en poco tiempo, varios países afectados la adoptaron y los resultados no pudieron ser mejores: las redes se desbloquearon, los usuarios pudieron utilizarlas sin obstáculos, los ingresos de los operadores aumentaron y las inversiones se regularizaron, de modo que la sostenibilidad del modelo de explotación de los servicios de las telecomunicaciones quedó garantizado.

Mucho ha llovido -tecnológicamente, se entiende- desde entonces, hasta el punto de que con la emergencia de la tecnología IP que permite empaquetar información de cualquier tipo en forma digital se produjo un regreso al pasado: las tarifas planas se pusieron de moda de nuevo, fundamentalmente para crear certidumbre en los abonados de acuerdo a los esquemas tarifarios vigentes. Su razón tecnológica de ser vino de la mano de la conmutación de paquetes de información que sustituyó la de circuitos individualizados. Frente a la vieja telecomunicación basada en la individualización física -circuitos electrónicos- de la comunicación, la nueva -de carácter lógica- asigna estadísticamente el tráfico. La nueva tecnología, que permitió un ingente ascenso de la difusión de información por las redes, tiene planteado a medio plazo un importante desafío: dado el crecimiento irrevocable y exponencial -por la emergencia del video- del tráfico, ¿con qué criterio deben asignarse los recursos de red disponibles? ¿Deben pagar igual por el servicio quienes lo utilizan muchísimo que quienes apenas lo utilizan?

La teoría económica tiene resuelta desde hace siglos la resolución de este dilema: la mejor manera de asignar recursos escasos en presencia de usos alternativos la proporcionan los precios en un mercado libre.

Las telecomunicaciones hace ya tiempo que se han convertido en un mercado en competencia, en el que la entrada y la salida del mismo es voluntaria y libre. En España, el número -siempre variable- de operadores es suficientemente grande como para que los usuarios puedan elegir; y si añadimos a ello la proliferación de ofertas y promociones de todo tipo que existen en el mercado, las posibilidades de elegir servicios y precios son enormes.

Adicionalmente, España goza de una de las legislaciones más avanzadas en cuanto a derechos por cambio de operador por parte de los usuarios, tanto desde el punto de vista de coste para éstos como de tiempos de implantación. De hecho, lideramos el ranking mundial de portabilidad, lo que representa una prueba tan evidente como sólida de la libertad de elección que gozan los consumidores españoles.

Después de todo lo dicho, carece de sentido plantearse un escenario de tarifa plana -¿también única?- para todo. Disfrutemos de las enormes posibilidades que las nuevas tecnologías y el mercado nos proporcionan y la “santa libertad” de elegir; incluidas tarifas planas.

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Jesús Banegas Núñez es Empresario, Ingeniero, Doctor en Ciencias Económicas, Presidente de AETIC y Vicepresidente de CEOE

ABSTRACT

Ningún sector económico a lo largo de la historia ha rebajado -junto con la electrónica- más sus precios que las telecomunicaciones, y sin embargo todavía con cualquier motivo, que ahora es la tarifa plana para banda ancha, se vuelve a discutir sobre ellos.

En rigor debiera prestarse más interés a otros sectores ayunos de competencia en el mercado y de innovación tecnológica y por tanto sistemáticamente más inflacionistas que el de las telecomunicaciones, pero puesto que el debate está abierto el autor pasa a analizarlo desde la racionalidad económica.

Para ello hay que recurrir a la teoría subjetiva del valor que hoy domina doctrinalmente la ciencia económica. Dicha teoría, originada en el siglo XV, fue recuperada y perfeccionada por Diego de Covarrubias en 1554 para pasar a formar parte del núcleo duro del pensamiento económico de los escolásticos, que como en esta misma revista se expuso a principios de año, mantiene plena vigencia teórica.

 

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