Desde 1956, cuando el premio nobel de economía Robert Solow descubriera que casi el noventa por ciento del crecimiento se debía a la innovación tecnológica, una creciente y dominante corriente de pensamiento económico ha establecido con sólidas bases teóricas y plurales pero convergentes pruebas empíricas que el crecimiento a largo plazo de la economía y consecuentemente la convergencia real en renta per cápita, precisa no sólo de la adopción de las más avanzadas tecnologías sino también de la innovación tecnológica.

La economía española adolece de algunas debilidades estructurales que nos hacen dudar acerca de una recuperación sostenible y ello por tres razones: en primer lugar, el stock de capital tecnológico de la economía española se sitúa a un nivel del 43 % de la media de la UE, según el Banco de España; la productividad del trabajo es baja y declinante, con la excepción de su circunstancial mejora debido al enorme crecimiento del desempleo; y el esfuerzo innovador se mantiene en torno a la mitad del de nuestros vecinos y competidores.

Todos los análisis teóricos modernos sostienen que un crecimiento económico basado sólo en el aumento de los inputs – el empleo en el caso español, cuando vuelva a producirse – y que no mejore la productividad del trabajo, tiende necesariamente a producir rendimientos decrecientes y por tanto una tasa de crecimiento a largo plazo nula. Sachs & Mc Arthur del MIT, por su parte, sostienen que “una economía sin innovación no puede evitar el estancamiento” y añaden: “entre el innovador y el adoptador de tecnologías siempre habrá una distancia insalvable”.

Puesto que la única manera de mejorar el estándar de vida de los españoles – sustancial y consistentemente- exige necesariamente disponer de mayor capital tecnológico y llevar a cabo un elevado y creciente esfuerzo innovador, bueno será analizar las razones que favorecen o limitan un mejor porvenir desde dicha perspectiva.

Siguiendo a Mc Arthur & Sachs (2002), el proceso innovador requiere la siguiente secuencia lógica de factores:

  1. Generación de ciencia básica y proliferación de alta educación universitaria.
  2. Concentración de capacidades, pues la innovación requiere una mínima escala que a su vez produce rendimientos crecientes.
  3. El mercado cuanto mayor sea y más abierto a la competencia esté, más posibilita el retorno del esfuerzo innovador.
  4. La innovación, al estar sustentada en el conocimiento, es un bien público-privado, pues genera derechos de propiedad y monopolios temporales que precisan de una regulación específica.
  5. La innovación no puede ser financiada por mecanismos clásicos; o tiene detrás una verdadera “industria de capital riesgo” o no será posible su desarrollo.
  6. La innovación es esencialmente destructiva, lo que exige aceptar que sin sectores en declive los nuevos no podrían crecer.
  7. Siempre hay necesidades locales que sólo pueden resolverse mediante innovación local.

A simple vista, los siete factores determinantes del proceso innovador parecen beneficiar a países como EE.UU. que se encuentran en primera línea en todos y cada uno de ellos. Pero otros países de pequeña dimensión y sin tradición industrial ni tecnológica, como Finlandia y Corea, han demostrado cumplidamente en los últimos años que es posible transitar hacia una economía de base tecnológica e innovadora sobre la base de los factores descritos, con un añadido de excepcional importancia: la educación, que se ha convertido en una verdadera obsesión en ambos países.

¿Cómo estamos en España en los frentes descritos?. He aquí la respuesta:

  1. Hemos mejorado mucho en investigación académica, pero casi nada en patentes ni en su aprovechamiento empresarial; es decir, inventamos -por fin! – pero no convertimos en riqueza  “los inventos”.
  2. La investigación se encuentra dispersa, y si no lo remedia la actual ministra Cristina Garmendia –que lo está intentando- , los recursos públicos seguirán siendo empleados ineficientemente.
  3. Siguen existiendo muchos sectores cerrados  a la competencia y por tanto poco proclives a  la innovación.
  4. La regulación de la competencia en los mercados está más interesada –por prejuicios ideológicos- en un reparto –políticamente correcto-  de los  mismos que en el respeto del éxito basado en la innovación.
  5. La clamorosa ausencia de una industria –al estilo de EE.UU e Israel-. de capital riesgo imposibilita la explotación de ideas y proyectos innovadores. La política pública de apoyo –que está bastante bien- a la financiación de empresas innovadoras es muy insuficiente para resolver el problema.
  6. Si Joseph Schumpeter resucitara en España, no tardaría en volver a su tumba. La resistencia que ofrecen al cambio los viejos tejidos productivos aquí –también en Europa- y las dificultades que encuentran los nuevos explican nuestro retraso tecnológico e innovador.
  7. Con algunas afortunadas excepciones –la TV Digital Terrestre- en España no se aprovechan suficientemente las oportunidades –caso del DNI digital- para desarrollar tecnologías propias de inicial alcance nacional, pero de clase mundial.

En una próxima entrega veremos cómo podríamos convertir los contra en pros; lo que sorprendentemente, no sería costoso ni difícil.

Jesús Banegas Núñez

23 de febrero de 2010

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