Aunque España se encuentra retrasada en materia de innovación respecto a los países líderes, hemos avanzado bastante –aún con altibajos- en los últimos años, como ponen de manifiesto los siguientes hechos:

  • Los gastos, tanto públicos como privados, en I+D han aumentado considerablemente, y en términos de % respecto al PIB comienzan a acercarse a la media de los países europeos.
  • La investigación académica española ha espabilado tanto en los últimos años que nuestra producción de “papeles científicos” se sitúa –por primera vez en la historia- a la altura de nuestra riqueza.
  • Un creciente, y ya un buen número, de empresas españolas  exportan tecnología; y en ciertos ámbitos –el de las TIC y las energías sostenibles- con liderazgo mundial.
  • La sociedad y por tanto la política se interesan cada vez más  por la tecnología y la innovación; eso sí, ciclotímica y superficialmente. La tópica frase “que inventen ellos” ya ni siquiera es un chiste malo.

Todo lo dicho pone de manifiesto que los seres humanos –y por tanto los españoles- solo dejan de conseguir lo que no persiguen. De ahí que cuando las circunstancias institucionales –políticas favorables y apertura al exterior- lo han permitido, la respuesta española ha sido muy positiva, aunque aún resulte insuficiente para estar satisfechos.

¿Qué deberíamos hacer ahora, en plena crisis económica, financiera y de confianza, en materia de innovación? La respuesta no puede ser otra que prestarle más atención que nunca; justamente lo contrario que está haciendo el Gobierno. ¿Pero de qué manera?

He aquí algunas respuestas:

  1. Es necesario y perentorio no perder ni un minuto de tiempo en explotar económicamente las investigaciones académicas que tengan potencialidad comercial. Para ello deben establecerse mecanismos que incentiven la explotación económica de las innovaciones científicas; por ejemplo, vinculando  el progreso en la carrera académica y la remuneración de los investigadores con el éxito económico de sus hallazgos. Por supuesto que la compatibilidad de la carrera académica con la función empresarial debe ser total.
  2. De poco vale tener buenas ideas y vocaciones empresariales si no existen recursos con que financiarlas. El mejor modo de afrontar esta carencia no es otro que el capital riesgo privado, ya que el público –CDTI, Innova, etc – funciona bastante bien prestando dinero, pero es insuficientemente seguido por aquél. El remedio aquí es muy fácil: bastaría con que las inversiones en “nuevos proyectos tecnológicos innovadores” –certificados por una agencia pública, por ejemplo el CDTI- fuesen un gasto deducible en los impuestos de la renta –de personas físicas y sociedades- y las plusvalías estuviesen libres de impuestos. Para financiar este coste fiscal hay donde elegir: desgravación de la vivienda, subvenciones a sectores periclitados –minería, agricultura, etc- , cooperación internacional, etc. Si se diera una avalancha inversora en innovación, cabría ir reduciendo paulatinamente las facilidades fiscales originales.
  3. El marco de relaciones laborales en las empresas innovadoras debiera estar liberado por completo de dependencia alguna de convenios sectoriales ni territoriales –salvo que fuesen voluntariamente asumidos- y los contratos de trabajo serían, naturalmente, fijos con indemnización por despido alineada con los países europeos con menor tasa de desempleo.
  4. El ICEX debería ser dotado de un fondo especial –suficientemente dotado y obtenido de los cuantiosísimos recursos dedicados ahora a cooperación internacional- orientado a la promoción exterior de los productos y servicios de alto valor añadido “made in Spain” .
  5. España debe, ya, establecer un marco fiscal óptimo –el mejor de la UE- para atraer inversiones tecnológicas extranjeras de alta intensidad innovadora asociadas a las nuevas olas tecnológicas; ahora, las redes de fibra óptica de nueva generación, amén de mantener y acrecentar las ya realizadas.

Podríamos seguir, pero con lo dicho bastaría –si se llevara a cabo, claro- para dinamizar en poco tiempo la economía española y sentar las bases del proceso de metamorfosis que haría posible, de verdad, una nueva economía sostenible en cuanto a crecimiento de la renta per cápita, ahora en triste y franca decadencia.

Jesús Banegas Núñez

11 de marzo de 2009

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