“Un benchmarking europeo”

Siendo la causa original de la presente crisis económica la masiva inyección de dinero barato que invadió los mercados en el reciente pasado en cuantías a todas luces desmesuradas, es decir, no soportadas por el ahorro voluntario; las consecuencias están resultando muy diferentes entre los países.

La duración y profundidad de la crisis, así como la posible recuperación, varían mucho de un país a otro, incluso en Europa. Dicho de otro modo, compartiendo el origen de los problemas, resulta que ni éstos  ni su resolución siguen una pauta única; por tanto, la solución tampoco puede ser única.

La crisis va a poner a prueba a la UE, ya que durante un tiempo que puede ser largo, la ansiada y en buena parte lograda convergencia que procuraron los fondos de cohesión y la moneda única, puede verse estancada.

Suponiendo que la política monetaria del Banco Central Europeo recupere la ortodoxia y el rigor que nunca debió perder, que los gobiernos retiren las ayudas que evitaron la crisis irrevocable del sistema financiero y que éste sortee definitivamente sus dificultades, la recuperación económica resultará dispar y el ranking europeo de riqueza —per cápita, se entiende— de final de década se parecerá poco al del principio. España no parece, a priori, que vaya a ganar posiciones en esta etapa de reestructuración económica, salvo que aprovechemos estos años decisivos para hacer nuestros deberes mejor que nuestros vecinos, algo que hoy parece muy improbable.

En las circunstancias descritas y correspondiendo a España la presidencia de la UE, sería más oportuno y necesario que nunca, tanto para los intereses de la propia Unión como para nuestro país, la puesta en marcha de un ambicioso y duradero programa de “benchmarking” a escala europea.

El “benchmarking” es una práctica común en las empresas, que trata de imitar las mejores prácticas en los diferentes ámbitos de la gestión con el anhelo de alcanzar la excelencia. Tanto si se trata de una práctica deliberada, como si se hace por otras razones, sólo las empresas que comparten rasgos de excelencia lideran los mercados, y ello es aplicable a los países.

Jorge Jordana, amigo y colega del firmante de estas líneas, en su tesis doctoral llega incluso más lejos a atribuir a un país, Japón, el origen de dicha práctica. Así, nos recuerda que “en 1870, el primer ministro japonés, Meiji, debió abordar Ia modernización de su país, para trasladarlo del Medioevo feudal en el que se encontraba a las sociedades industriales vigentes en los países más desarrollados, y Ia preparación del cambio Ia hizo Meiji mediante un ejercicio de “benchmarking”. En diciembre de 1871 un barco de vapor partió de Yokohama con un grupo de 60 funcionarios japoneses, especialmente seleccionados, expertos en las más importantes áreas de Ia organización social: Fuerzas Armadas, sistema educativo, seguridad interior, desarrollo industrial, desarrollo tecnológico, comunicaciones, sistema financiero, sistema legal… Tenían por delante seis años para analizar todos estos aspectos en Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Alemania…. todo ello con Ia óptica de deducir cuál era el más eficaz, siempre que se pudiera trasplantar a la sociedad japonesa,..”

Los resultados de aquella práctica decimonónica, no sólo explican el éxito del Japón contemporáneo, han terminado por generalizarse por todo el orbe empresarial.

 

Si observamos con “ojos meijinianos” la Europa de hoy, no hace falta salir de nuestro continente para encontrar aquí y ahora todo tipo de prácticas excelentes en casi todos los ámbitos que interesan a la gestión pública y a la prosperidad económica y social de los europeos; de suerte que, si fuésemos capaces de generalizarlos, “otro gallo nos cantaría”.

Veamos algunos ejemplos. Algo tan serio y preocupante como el desempleo presenta un panorama tan dispar en la UE, que resulta incomprensible que los países que más lo padecen, tanto en épocas de expansión como de recesión, cual es el caso de España, no se pregunten por qué en otros lugares, siempre los mismos, como Holanda, Austria, Dinamarca, Alemania,  son relativamente inmunes a tal desventura.

En materia educativa, sobre todo a nivel secundario, profesional y universitario, las diferencias en cuanto a resultados son tan grandes, que resulta irresponsable no plantear un programa de imitación y convergencia con las mejores prácticas educativas, un factor cada vez más decisivo para el futuro.

Podríamos seguir con la energía, la productividad, la innovación, la regulación de los mercados, la política fiscal y un sinfín más de escenarios; de suerte que, si fuésemos capaces de converger en las mejores prácticas, además de hacer de la necesidad virtud, estaríamos encontrando una solución, seguramente la única verdaderamente europea, que por si fuera poco, además de servir de panacea a la crisis, contribuiría a una verdadera integración.

Jesús Banegas Núñez

25 de enero de 2010

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EL NUEVO LUNES

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